Kurt Cobain: a 25 años de la muerte del vocalista de Nirvana

Arte y Espectáculos

Kurt Cobain vivió rápido y murió joven. Tres discos de estudio, un compilado de lados B y un unplugged bastaron para hacerlo el sumo sacerdote del género grunge

El hombre que camina hacia la muerte pesa 45 kilos y mira el vacío desde dos pupilas de alfiler generadas por una miosis de origen químico: la densidad de su sangre registra 1,52 miligramos de heroína. El hombre se clava un último pinchazo en el antebrazo y pone una bala en la recámara tubular de la escopeta Remington. Cierra las dos barras de empuje, el martillo interno y el cerrojo, que se fija en el mecanismo de eyección. El hombre muerde el cañón y jala el gatillo. Inédita detonación en un pueblo de leñadores. Las tardes en Lake Washington mueren sin disparos. Un lago de sangre crece en torno a lo que queda del hombre. Kurt Cobain tenía 27 años como Hendrix, Joplin y Morrison. Muere joven y deja un hermoso cadáver.

Hombre bala

«Él no tenía intención de suicidarse. Hasta donde sé, ya estaba muerto», dijo William Burroughs con frialdad glacial. El viejo escritor metaforizaba la existencia imposible de un chico que hacía tres días estaba tirado con un agujero en la nuca. La imagen mórbida de su cuerpo exánime en el piso del invernadero donde vivió. Los documentales de Charles Cross y Brett Morgen radiografían a un agónico permanente: a los 14 años rueda un corto donde se corta las venas con una lata, a los 19 lo grita: «No voy a llegar a los 30, no quiero ser viejo».

Sobrevive bajo los puentes, espera la locomotora tendido en el riel, ulcera su estómago con somníferos. En 1992, Nirvana desplaza a Michael Jackson del Billboard y Kurt Cobain lo «celebra» inyectándose. Piel azulada, ritmo cardíaco en cero. Su mujer le echa agua helada, le golpea el pecho. «No era sobredosis, estaba muerto», explica Courtney, otra yonqui inyectándose hasta el tercer mes de gestación. Kurt dibuja a un bebe sin brazos y consigue un revólver calibre 38 de cara a un doble suicidio fallido por interpósita persona, preludio de la ingestión de 60 pastillas de Rohypnol y veinte horas en estado de coma (en marzo de 1994). La muerte no lo quiere todavía, él la tienta con su lírica galvanizada por el dolor. Hasta que eligió el día e impulsó el proyectil desde su boca.

Estética de la mugre

La inexistencia de una tumba donde visitar a Cobain se reemplaza por un banco en el parque contiguo a la casa donde se disparó. Tres discos de estudio, un compilado de lados B y un unplugged bastaron para hacerlo el sumo sacerdote del grunge. Una intro inmortal en «Smells Like Teen Spirit» para su voz claveteada de espinas con la que liquida los ochenta alumbra lo alternativo y ese aroma a espíritu adolescente en centenares de libros, documentales, especiales de TV, remixes, mares de tinta y toneladas de terabytes.

Y esa bala que atraviesa la generación X para construir una épica sin edad. Kurt Cobain es un ícono que despliega su imagen universal mientras su voz descerraja como antes, como siempre: la tristeza más pura atravesando un paisaje de esquirlas.

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