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El día en que
los Fulvence Nº 45 de
Rattin se
vistieron con las tres tiras
A
poco tiempo del Copa del Mundo, un artículo del diario La Nación
recuerda una anécdota que tuvo por actores a Antonio Ubaldo Rattin y a
la lucha de las marcas de productos deportivos por aprovechar ese torneo
para difundir sus nombres.
Recientemente el diario La Nación publicó
la siguiente anécdota. En el caluroso mediodía del 7 de diciembre del
año pasado, Antonio Ubaldo Rattin terminaba de vaciar su escritorio en
el edificio Anexo de la Cámara de Diputados. Era su último día como
diputado nacional por la Unión Federalista. Ya casi todo estaba
comprimido en cajas, mientras que en los pasillos del edificio y hasta
en la propia puerta de la oficina del ídolo boquense se sucedían
acaloradas discusiones para tomar posesión de uno de los despachos
preferidos por su luminosidad, con un inmenso ventanal hacia la avenida
Rivadavia, frente al Congreso. Rattin necesitaba un descanso y encontró
en una charla de fútbol el refugio ideal para distenderse.
"Antes del Mundial de Inglaterra, en el 66,
Puma y Adidas se acercaron para que usáramos sus botines. Pretendían que
seis llevásemos los Adidas y los otros cinco, Puma. Como por entonces la
única foto que distribuía la prensa a todo el mundo era la clásica de
los capitanes, en el sorteo, Adidas se quería asegurar que yo llevara
los botines de ellos. Discutimos el primer día, seguimos el segundo y
finalmente nos pusimos de acuerdo? ¿Sabés cuánto nos dieron para que nos
repartiéramos entre todos? 3200 dólares. Hoy un jugador que va al
Mundial y usa los botines fulano se lleva 300.000 o 400.000 dólares al
bolsillo. Es más, a esta anécdota le falta algo: después de ponernos de
acuerdo, Adidas me preguntó cuánto calzaba. Contesté 45. «¡¡¡No!!», me
dijeron. «No fabricamos botines tan grandes, no tenemos». Entonces les
tuve que dar los Fulvence míos; se los llevaron, les cosieron las tres
tiras y así pasaron a ser Adidas".
El relato, de gracioso remate, retrata
increíblemente cómo ha girado el negocio del fútbol en cuatro décadas.
Podrían encadenarse los ejemplos. En 1971, Pelé, en el cenit de su
carrera, tricampeón mundial, jugaba en Santos y ganaba 8100 dólares por
mes. Hoy, Lionel Messi, mientras intenta desprenderse del cascarón de
promesa, recibe entre seis y siete millones de euros por temporada. Ni
al más visionario agente de negocios se le hubiese ocurrido que la
espiral comercial iba a alcanzar semejantes cifras. ¿Quién creería que
una Copa del Mundo iba a dejar 2500 millones de euros de ganancias? Pues
eso repartirá el torneo en Alemania. ¿Y que el campeón se llevaría
15.500.000 euros en premios?
Los números parecen escaparse de la lógica.
Al enterarse de algunos, convine estar bien sentado: usted puede pagar
un abono "Sky box" (algo así como "palcos celestiales") y recibirá una
atención de rey mientras observa los seis partidos que se disputarán en
el estadio Olímpico de Berlín... a cambio de 336.000 euros. La dimensión
del negocio es apabullante y alcanzó a todos los protagonistas. Por eso,
después de aquellos Fulvence maquillados de Rattin, cuando hoy un ídolo
se demora atándose los cordones no es por torpeza de los dedos, sino por
astucia del bolsillo. Sabe que la cámara de TV está allí. |